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    Guía para enfrentar el desastre financiero


    Si estás a punto de engrosar la cartera vencida del país, he aquí algunos consejos para mantener la poca dignidad que te queda.

    Por Mauricio González Lara

    ¿Gastaste durante el último año como si no hubiera un mañana? ¿Llevaste tus tarjetas al límite y te has quedado sin crédito? ¿Atraviesas por una coyuntura crítica? ¿A causa de la recesión, tus otrora amigos de la compañía optaron por despedirte y ahora estás subempleado? ¿Las llamadas de los bancos, quienes demandan que les deposites de inmediato (“tiene que ser hoy, ¡hoy!”), ya son una constante en tu vida? ¿Vives de miserables trabajos de free lance y andas eternamente preocupado por mejorar tu ingreso? ¿El lujo es un recuerdo distante y la única diversión que puedes pagar es la televisión? ¿No te alcanzó para el boleto de los Kings of Leon? ¿Menos para The Killers? ¿El atún se ha convertido en el platillo obligado del día?

    ¿La respuesta es “sí” a tres o más preguntas? ¿”Sí” a todo? Bueno, bienvenido a la realidad: tus finanzas personales son un desastre. Antes de comenzar a dibujar algunos escenarios que te ayuden a enfrentar la primera crisis global de la historia, van unas palabras de aliento: a diferencia de los regaños y las actitudes de sorpresa de tus familiares y amigos, nosotros simpatizamos contigo. Sabemos que para ti no hay contención posible: eres lo que consumes,  y como eres cool y ambicioso, consumes lo mejor, lo más celebrado, lo más caro, the best of the best. Tú no compras bienes y servicios, sino que te afilias a estilos de vida; eres una de esas criaturas posmodernas que le rinden tributo a las marcas como si fueran personas con valores tridimensionales cuya cercanía le da sentido y dirección a la existencia.  Para ti, Nike no es un par de tenis, sino un deportista arrojado que sigue su corazón, posee un sentido de la cultura urbana y se atreve a hacer las cosas sin vacilaciones (“just do it”); Apple es un entrepreneur independiente que “piensa diferente” y rompe esquemas;  The Body Shop es una hippie cachonda que ha conciliado la idea de estilo con la convivencia armónica con la naturaleza; Diesel es un adolescente iconoclasta y posmoderno; Chivas Regal  es la personificación de un caballero; la Blackberry es el símbolo de tu poder ejecutivo; Donald Trump es el multimillonario arrogante que en secreto te gustaría ser, e Issey Miyake conoce tu aroma de una manera mucho más profunda que tu propia madre. Eres lo que consumes, punto. Tu novia, la que te decía que te quería tanto hace apenas unas semanas, sabía perfectamente esto: es por eso que te dejó cuando ya no tuviste para pagarle sus bifes en Puerto Madero o El Rincón Argentino. ¿O acaso esperabas que la princesita aceptara comer tampiqueña en ese apestoso café de chinos al que ahora vas? Pobre de ti. Tu autoestima debe estar por los suelos. Estos momentos son en extremo difíciles, lo sabemos, pero es por eso que ya ha llegado la hora de dejar de lamentarse y entrar en acción.

    Acepta tu responsabilidad

    A raíz de que algunos legisladores presentaron en meses recientes una serie de iniciativas para discutir posibles modificaciones a diversos servicios bancarios -donde se incluyen medidas que van del incremento de restricciones para ofrecer plásticos, hasta una muy controvertida posibilidad de establecer nuevos topes en tasas de interés y pagos mínimos en tarjetas de crédito–, el descontento en torno a los bancos ha adquirido una intensa resonancia en los medios de comunicación. Para muchos mexicanos, los bancos son, a falta de un mejor término para describir la intensidad del resentimiento, sinónimo de “ojetez”. Se podría debatir que la percepción dista de ser nueva: amén de que el simple hecho de ser banquero ya lleva consigo el estereotipo social de ser rico y cobrador, lo cierto es que, por lo menos  desde que se revendieron a mediados de la década pasada, los bancos han hecho muy poco por establecer una relación más amable con sus clientes. Esta realidad, sin embargo, no implica que  toda la culpa sea de las instituciones bancarias. Hay que ser honesto: el principal culpable de que estés endeudado eres tú. En opinión de Sofía Macías, especialista en finanzas personales y creadora del blog Pequeño cerdo capitalista,  el primer paso para salir del hoyo es precisamente reconocer tu rol en el problema:

    “No hay manera de vivir fuera de tus posibilidades sin que te llegue la factura. No la hay. Esa es la clave para entender el endeudamiento: sólo la gente que posee dinero tiene derecho a gastarlo. Mucha gente olvida esta obviedad; es lo que los estadounidenses denominan como entitlement, o “sentirse con derecho a”.  Hay una diferencia muy grande entre lo que uno es y lo que uno desea ser. Si no tienes el efectivo para respaldar tu estilo de vida, no busques aparentar otra cosa mediante el crédito. La clave de una vida financiera sana es constancia y disciplina; esto no implica renunciar al goce, sino asumirlo con responsabilidad en aras de que no sea pasajero, sino permanente. Hay que identificar bien las cosas que amas e invertir en ellas, pero no despilfarrar en tonterías. El dinero es como una novia despechada; si lo tratas mal en el presente, se va a vengar en el futuro. Si te endeudaste, el tarugo fuiste tú, no los bancos, por manchados que estos sean.”

    En México, la irresponsabilidad del deudor se liga también con un curioso factor sociocultural: aunque a muchos les cueste creerlo, no todos los hombres buscan independizarse de sus padres. De acuerdo con un reporte de la America News Intelligence , hace una década los hombres mexicanos de clase media tendían a salirse de casas de sus padres a una edad promedio de 23 años, cuando por lo general contraían nupcias y emigraban a su nuevo hogar familiar. Hoy, la edad promedio de matrimonio es de alrededor de 28 años para hombres, y 25 para mujeres; no obstante, esto no se ha traducido en un incremento significativo en el número de solteros que viven solos: el grueso de los que optó por casarse más tarde no ha salido de casa de sus padres.  Esta cultura del “mantenido” posee un lado positivo: en tiempos de crisis, como los actuales, contribuye a crear una red de apoyo que le permite sobrevivir a cientos de miles de veinteañeros y treintañeros desempleados. El lado oscuro, por otro lado, es lamentable: una nación de cuasitreintañeros sin sentido de independencia ni propiedad que sustenta un estilo de vida ficticio en el hecho de que no paga renta ni luz ni comida ni teléfono ni nada que no sea tecnología, ropa y entretenimiento. Esta dinámica genera  una cultura de “valemadrismo” en la que, al no aceptar responsabilidad alguna, resulta más fácil endeudarse.

    Acércate al banco

     ¿Cómo es posible que una persona se endeude continuamente con una o varias tarjetas sin que el banco se percate del claro escenario de insolvencia al que ésta se dirige? ¿Le conviene al banco contribuir a que esa persona caiga en cartera vencida?  Suena demencial, pero mientras un deudor cumpla con los pagos mínimos de la tarjeta, el tope de su crédito puede incrementarse sostenidamente hasta el punto en que siga gastando y aumente la deuda a grados estratosféricos.  Más temprano que tarde el destino lo alcanzará y comenzará a experimentar problemas para pagar el mínimo. Si no quieres aceptar tu culpa  y deseas continuar con la charada de que no tienes un problema, es muy probable que cometas una estupidez y busques cubrir los mínimos con otra tarjeta o “jinetear” el dinero de otros lados para salir del embrete. Error catastrófico: tu deuda aumentara exponencialmente y quedarás ahogado en cuestión de meses.  Lo mejor es acercarse al banco antes de que caigas en la insolvencia y buscar una solución conjunta que le brinde paz a tu vida (para evaluar si vas camino al desastre  considera que la mensualidad del crédito no debe representar el 30% de tu ingreso total).

    El banco quiere que le pagues. Lo prudente es hablar con ellos y buscar una buena negociación. ¿Te da pena? ¿Miedo? ¿Las dos? Para Macías, lo óptimo es no apanicarse:

    “Obviamente si no has dejado de pagar, vas a gozar de un mayor margen de maniobra para buscar un arreglo que te permita respirar y reorganizarte.  Muchos juegan a irse a cartera vencida y empujar una mejor negociación una vez que entra el jurídico contratado por el banco. No es aconsejable, pues eso significa que tu historial ya ha sido manchado en el Buró de crédito,  y eso en sí mismo te va a generar más problemas en el largo plazo, sobre todo si te tardas en pagar. Si estás en el momento en que todavía cumples con los mínimos, negocia un plan de pago fijo, incluso sustentado en un préstamo de nomina, personal o hipotecario. Si eso falla, busca asesoría en la Condusef. Lo importante es que sepas  no estás desvalido. No importa que tanto te amenacen: nadie te puede meter a la cárcel por una deuda de carácter civil. Siempre vas a contar con oportunidad de negociar. Te deben tratar con respeto y dignidad.”

    Otro argumento a favor de que te congracies con el banco: los estragos de la crisis se han reflejado ya en un aumento sostenido en el número de recortes (es probable que se supere el medio millón de despidos para fines de este 2009), lo que redundará a mediados de año en un disparo de la cartera vencida. Si a esto le aunamos la presión que le implica a los bancos la inserción del tema de las tasas de interés en la agenda electoral, pues es muy probable que la banca en su conjunto se vea forzada a otorgar más facilidades que las acostumbradas para evitar posibles descalabros. Los bancos tampoco la tendrán fácil. Aprovecha su confusión.

    Que te sirva de lección y comienza a ahorrar

    Muy bien. Ya cobraste conciencia de tus errores y has renegociado tus deudas.  Si todo sale bien, es probable que para el 2010 veamos una moderada recuperación en el crecimiento del país y tus perspectivas profesionales mejoren. ¿Qué vas a hacer? Olvídate de correr a gastarte en cuanto puedas tu excedente de efectivo. Ya no tienes 20 años, ¡por Dios! Empieza a ahorrar. La mejor manera de iniciar es a través de la elaboración de un plan básico consistente en tres pasos fundamentales, en cada uno de los cuales es posible apreciar la decisión, organización y constancia que deben marcar el hábito del ahorro.

    Paso 1. Establece una meta. ¿Qué es lo que quiero? Puede ser un televisor nuevo, una computadora, un automóvil, un viaje, en fin. Investiga las mejores opciones y  establece prioridades. La otra pregunta es: ¿cuándo lo quiero? Una vez que determines con claridad una fecha te podrás organizar mejor y definir lo que deseas.

    Paso 2. ¿Cuál es tu situación personal? Basta con contestar dos preguntas básicas: ¿Cuánto gasto? ¿Y cuánto gano? Haz una lista de todos tus ingresos y todos tus gastos identificando cuáles son fijos (los indispensables: vivienda, despensa, gastos del hogar, transporte, créditos fijos) y cuáles variables (comidas fuera de casa, esparcimiento, créditos de aportaciones variables como tarjetas). Sé honesto y podrás definir las cosas que en verdad necesitas, lo que puedes administrar con discrecionalidad y lo que de plano sólo es un mero gasto superfluo.

    Paso 3. ¿Cómo recortar tus gastos para ahorrar? Ya que hayas organizado tus gastos, pregúntate: ¿cómo puedo reducirlos? Recorta lo más frívolo. No se trata de que ya no tomes whisky y te bajes a ron, o de ron a cerveza, pero sí debe haber un esfuerzo consciente para eliminar gastos innecesarios y compulsivos. Es la única manera de no volver a endeudarse y salvaguardar tu tranquilidad mental de otra crisis?

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    ++Interesado en el cine y la posmodernidad: Visita mi blog Perdido en el siglo.

    (Este artículo se publicó originalmente, en una versión distinta, en la revista Deep)







    Los errores de Greenspan y "La Comer"

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                                                                                                                                                                                                        Por Mauricio González Lara

    Calificar a este mes de octubre como “negro” o “difícil” resulta insuficiente, por no decir ridículo, ante la magnitud, explosividad  y delirio con la que se ha desdoblado la crisis financiera en los mercados mundiales. Intentar un retrato del vértigo de octubre con una entrega convencional sería un error. Por ello, van cuatro apuntes estrictamente personales y muy prejuiciados sobre este octubre que acaba.

     

    1. Como mencione en la entrega anterior, no puedo dejar de pensar que las justificaciones que le he escuchado a la multitud de analistas financieros que apoyan el programa  de George W. Bush son casi una copia calca de lo que los argumentos que los “dogmáticos del Fobaproa” esbozaban para defender las acciones del equipo económico de Ernesto Zedillo.

     

    El equipo de Zedillo tuvo la razón en salvar a la banca en ese entonces, así como las autoridades de Estados Unidos y el mundo la tienen ahora al salir a respaldar a sus instituciones bancarias ahora ante la posibilidad de una quiebra masiva. Sin embargo, al igual que sucedió con México en el sexenio zedillista, no veo ninguna clase de intento por parte de las autoridades estadounidenses por delinear responsabilidades.

     

    Al contrario. Basta ver el cinismo con el que algunos actores mayores de esta crisis se pavonean  en público para entender la magnitud de la impunidad. Ejemplo: según reportes de la cadena televisiva ABC, a menos de una semana de haber sido intervenida por el gobierno norteamericano con una inyección de 75,000 millones de dólares, AIG, o mejor dicho, los directivos de AIG se fueron a celebrar al exclusivo Saint Regis Resort, en California, donde gastaron 200,000 dólares en cuartos, 150,000 en comidas y 23,000 en gastos de spa. La cuenta, de 400,000 dólares, fue cargada a la empresa como gastos en viáticos. Asimismo, varios analistas argumentan que hay elementos sólidos que apuntan a que Martin Sullivan, otrora CEO de la empresa, modificó el esquema de bonos para asegurarse que todos los altos ejecutivos recibieran sus “premios” antes del inminente desastre.

     

    2. Una de las consecuencias más dramáticas de una crisis es la celeridad con la que se cambian las percepciones en torno a ciertos personajes claves. Botón de muestra: Alan Greenspan. Hasta hace un par de meses, el expresidente de la Reserva Federal Estadounidense era considerado un virtual Dios en el ámbito financiero: un visionario responsable cuyos pronósticos eran tan inmaculados como las medidas que asumió durante su gestión en el servicio público. Hoy, empero, se le acusa de ser uno de los responsables de la crisis. El argumento: su negativa a subir las tasas de interés -y por ende asumir un ciclo natural de decrecimiento económico en su país- ocasionó que la burbuja financiera creciera desmesuradamente. En este sentido, desde mi analfabetismo económico, carezco de datos duros que me permitan sumarme al coro técnico de detractores de Greenspan. No obstante, en términos de cosmovisión ideológica, no me cabe duda que el convencimiento friedmaniano de Greenspan de que el liberalismo sin supervisión y a ultranza es el mejor camino fue uno de los factores que permitieron la  gestación de esta crisis.

     

    Ver ahora a un confundido Greenspan declarar su falta de comprensión y “atónita sorpresa” ante la crisis actual rebasa lo meramente anecdótico;

    es, sin temor a exagerar, el fin de toda una era en la economía mundial, donde el arrogante despotismo ilustrado de las grandes mentes financieras brillaba desinhibidamente.

     

    3. Una nueva dinámica de esta crisis es que, a diferencia de las crisis de 1982 y finales de 1994, los mexicanos no contamos con un villano nacional a quien linchar, por lo menos moralmente. Es una crisis importada. Se podrá cuestionar, claro, si las autoridades han actuado con la celeridad necesaria, o si se han comportado a la altura de las circunstancias. Asimismo, falta ver si las medidas anticíclicas son lo suficientemente efectivas para estimular la cadena productiva y evitar la natural perdida de empleos que supondrá la contracción en el crédito y el consumo. Al tiempo, pero por lo menos hasta ahora, gozan de un voto de confianza que no tenían otras autoridades en el pasado.

     

    4. Se podría argumentar que hubo una intentona por parte del gobierno de fabricar culpables: las declaraciones de Carstens y Guillermo Ortiz, presidente del Banco de México, en el sentido de que “tres o cuatro” empresas habían desestabilizado al peso a causa de movimientos especulatorios y deudas en derivados que no habían sido reportadas adecuadamente ni a los inversionistas ni a las autoridades.

     

    Vamos por partes. No hay nada de malo en especular: esa es la naturaleza del juego en el capitalismo, e incluso una muestra de libertad. Lo que sí es socialmente irresponsable es que una empresa pública no avise a los inversionistas (y hasta a los stakeholders) de estos juegos, sobre todo los realizados con derivados, vía las instituciones correspondientes. No sé si ése sea el caso con estas compañías.

     

    Lo que sí sé es que, por lo menos en el caso de Comercial Mexicana, la única que ha sido señalada abiertamente (aunque también se habla de Vitro y de la otrora imbatible Cemex), el manejo de crisis, así como su política de comunicación frente a la sociedad, han sido un desastre. Lejos de que salgan a informar detalladamente a la opinión pública su situación, los directivos de “La Comer”, fundada y controlada por la familia González desde 1930, han optado por esconderse y no dar la cara, como si realmente tuvieran algo que esconder. Es lamentable que una empresa que ostenta una marca tan querida en el imaginario mexicano se declare en concurso mercantil, pero todavía más triste es la indolencia con  la que operan muchos conglomerados familiares en el país.

     

    Espero que una de las consecuencia de esta crisis sea el fortalecimiento del stakeholder (*) o parte interesada, y que de este fortalecimiento se desprenda una mayor presión de transparencia y “compliance” hacia las empresas. No veo que pueda ser de otra forma: ¿o cómo va a negarse una compañía a transparentar sus procesos y estructuras cuando el gobierno, con el dinero de todos, compre parte de su deuda para darle liquidez, tal y como ya está sucediendo en varias partes del mundo? (F)

     

    (*) Los stakeholders, o “partes interesadas”, pueden ser personas que forman parte integral de la organización (empleados), personajes externos que están vinculados  económicamente a ella (clientes, proveedores) y entidades periféricas que, si bien no interactúan directamente con la empresa, sí influyen en las variables que contribuyen a determinar el contexto en el que se desempeña (comunidades, asociaciones de consumidores, Organizaciones No Gubernamentales,  políticos).

     

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    ¿Y los culpables de la crisis?

     

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    Por Mauricio González Lara

    Antes que nada, una advertencia: como “marketinero” y fiel convencido de que la vida organizacional privada siempre va a ofrecer mayores posibilidades de crecimiento, innovación y expresión personal que el ámbito público controlado por las diversas estancias gubernamentales que conforman al Estado, soy un creyente en el capitalismo y el libre mercado. En verdad lo soy. Sin embargo, la reciente crisis económica  por la que atraviesa Estados Unidos, y por consecuencia el planeta, a causa de un complejísimo desastre especulatorio en el que los grandes actores hipotecarios y financieros jugaron con deudas basura, me lleva a repensar que quizá mi entendimiento de  esos conceptos no está en sintonía con el de la “crema y nata” de los tomadores de decisiones de México y el mundo.

    Me explico. A mediados de la década pasada, tras la debacle del “error de diciembre” de 1994 que redundó en la virtual quiebra de la banca mexicana y su posterior rescate por parte del  gobierno, recuerdo que, palabras más, palabras menos, las entrevistas que los banqueros y funcionarios públicos sostenían con algunos periodistas relativamente escépticos como yo consistían en intercambios como el siguiente:

    - Bueno, poner aquí el nombre del funcionario o banquero en cuestión, queda claro que esta crisis no se fabricó sola. Muchos banqueros metieron deuda basura en la cartera vencida y ahora esperan que se les pague con el dinero de los contribuyentes. Debemos de definir quiénes son  los responsables y actuar en consecuencia.

    - No Mauricio. ¡Lo que importa ahora es salvar a la banca! Buscar culpables en estos momentos no ayuda a nadie. Lo que está en juego es rescatar el patrimonio del profesionista o la maestra que puede perderlo todo si no actuamos de inmediato.

    - Entiendo, ¡pero debe de haber responsables!

    - Claro, claro, Una vez que hayamos efectuado el rescate, se les castigará con todo el peso de la ley. De eso puedes estar seguro.

    Tras un par de años en el que por órdenes de nuestro surrealista Congreso se realizó un sinfín de auditorías (en las que se encuentra de todo, a la vez que no se encuentra nada) y el rescate del Instituto de Protección al Ahorro Bancario (el tristemente celebre IPAB) suma alrededor de 100,000 millones de dólares, me vuelvo a encontrar a los mismos funcionarios y banqueros (muchos de ellos siguen trabajando en el sector, pese a que la banca mexicana, con la salvedad de Banorte y algunos bancos de microcréditos, es hoy aplastantemente extranjera). Les insisto.

    - Ahora sí habría que castigar a los culpables ¿no?

    -No Mauricio, ¿para qué? La venganza no tiene sentido. La ley del ojo por ojo al final deja a todo mundo ciego. Lo importante ahora es cicatrizar heridas y mirar para adelante. El país así lo demanda.

    - Por lo menos habría que introducir un marco regulatorio que impidiera que esto vuelva a ocurrir.

    - Mira, lo que sucede es que es muy complicado explicarle esto a gente común y corriente como tú, pero créeme que un Estado regulador sólo entorpece al libre mercado y es un obstáculo para el desarrollo.  El Estado debe abstenerse de intervenir en la economía y dejar que sea la libre competencia la que establezca quién progresa y quién no. Es la mano invisible, Mauricio. ¿Has leído a Adam Smith? Yo tengo un doctorado, hombre, sé de lo que hablo.

    - ¡Pero si el Estado acaba de rescatarlos con más de 100,000 millones de dólares! ¿Cuál “mano invisible”?

    - No Mauricio. Ay, no entiendes. Eso era para salvar los ahorros de la clase media. Muchos banqueros perdieron hasta la camiseta.

    - ¿Quiénes?

    - Muchos.

    - ¿Pero quiénes?

    - Varios, varios.

    De regreso al 2008

    Ahora que el Congreso de Estados Unidos ha aprobado el rescate de 700,000 millones de dólares para salvar a los “ciudadanos comunes y corrientes” de nuestro vecino del norte, no puedo dejar de pensar que las justificaciones que le he escuchado a la miríada de analistas financieros que apoyan el programa  de George W. Bush son casi una copia calca de lo que los argumentos que los “dogmáticos del IPAB” esbozaban para defender las acciones del equipo económico de Ernesto Zedillo. Empero, Estados Unidos no es México, y las consecuencias globales del “efecto jazz” perfilan una crisis recesiva que empujará al planeta a repensar si el modelo de “la mano invisible” es viable frente a una realidad donde  las ganancias se concentran en manos de unos cuantos especuladores.

    El mundo debe aspirar a un capitalismo democrático donde todos puedan competir lealmente  y el modelo sea ciego a intereses corruptos e ilegítimos. Eso es lo que yo entiendo por capitalismo: un sistema donde el Estado regula a favor de una palmaria libertad económica, y no uno donde sólo interviene para socializar las pérdidas de unos ladrones a los que nunca se les llama a rendir cuentas. Ojala que la gravedad de la crisis empuje de manera inevitable a un punto de inflexión; ojalá que el nuevo inquilino de la Casa Blanca comprenda este momento histórico; ojalá que los días  de “la mano invisible” y el  “fin de la historia” sean tan sólo un mal recuerdo y no un deja vu cíclico  materializado en cinismo, recesión  y pobreza. Ojalá, porque el capitalismo es algo demasiado valioso como para dejar su futuro en manos de los capitalistas. (F)

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